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Santa Teresa de Lisieux y la acción transformadora de la «gracia de Navidad»

Uno de los hechos centrales de la vida de Teresa es la gracia de fortaleza que recibirá en la Navidad de 1886. Hay un antes y un después de esta jornada luminosa. «Aquella noche de luz comenzó el tercer período de mi vida, el más hermoso de todos, el más lleno de gracias del cielo...»[2] A partir de entonces hará una carrera de gigante que la llevará al Carmelo a los quince años, hasta morir de amor nueve años más tarde.

 

1.  La «gracia de Navidad»[1]

 

Desde la muerte de su madre, durante nueve largos años, en su vida ha habido muchos más momentos de tristeza que de alegría. Los sufrimientos afectivos y del alma los somatiza a través de extrañas enfermedades o de una sensibilidad excesiva[3]. Aunque ponga voluntad en superar su gran sensibilidad, nada consigue, la reacción de su psiquismo y de su afectividad es algo que ella no puede controlar. Pero Teresa sigue siendo fiel a las solicitudes de la gracia, en medio del desconcierto psíquico que está sufriendo[4].

     Nos dirá Teresa: «verdad es que deseaba alcanzar la gracia “de tener un dominio absoluto sobre mis acciones, de ser su dueña y no su esclava”»[5]. En esta ocasión su oración se dirigirá a Dios. «Era necesario que Dios hiciera un pequeño milagro para hacerme crecer en un momento»[6]. Y se hará realidad lo que dice el salmista: «Si el afligido grita al Señor, lo oye y lo salva de sus angustias»[7].

    Este milagro que suplica y espera de Dios acontecerá: «el día inolvidable de Navidad. En esa noche luminosa que esclarece las delicias de la Santísima Trinidad, Jesús, el dulce niñito recién nacido, cambió la noche de mi alma en torrentes de luz...»[8] Se hace realidad lo que san Juan de la Cruz decía en el romance, In principio erat Verbum: «La Madre estaba en pasmo / de que tal trueque veía: / el llanto del hombre en Dios / y en el hombre la alegría»[9].

Podemos ver la paradoja de esta gracia, explicada por Teresa: «En esta noche, en la que Él se hizo débil y doliente por mi amor, me hizo a mí fuerte y valerosa; me revistió de sus armas»[10]. Teresa reconoce a Jesús recién nacido como el autor o protagonista de su conversión, Él es quien la hace fuerte, valerosa, y la reviste de Sí mismo. Es el despliegue de una dimensión de la gracia bautismal, el ser revestida por Cristo, queda revestida de Él mismo, de su ser Hijo, de su fortaleza, desde un carisma determinado, el del Carmelo teresiano.

     En esta noche en que Jesús se hizo débil en Belén, la pequeña Teresa –que a sus catorce años es una niña– es hecha fuerte. Acaba de producirse un intercambio: «Había tenido la dicha, en esa noche, de recibir al Dios fuerte y poderoso»[11]. Es en el momento de recibir a Jesús Eucaristía, cuando Él –por medio del Espíritu Santo– actúa en ella de forma directa, inmediata, revistiéndola personalmente de su fortaleza.

     Teresa, después de la Misa del Gallo donde ha recibido el pan eucarístico, logra dominarse, contener las lágrimas de su sensibilidad herida por las palabras de su padre «¡Bueno, menos mal que éste es el último año!»[12], se encontrará que tiene fuerza interior para dominar su propia sensibilidad[13]. Esta gracia la hace crecer y madurar.

     En esta noche de Navidad Teresa acaba de recuperar su verdadera personalidad, que no son ni las lágrimas, ni la superficialidad o veleidad de una voluntad débil, ya que de niña en Alençon no era así. El Niño de la Navidad –el Dios fuerte– la ha liberado, ya ninguna cosa pasajera logrará abatirla; por un lado está la gracia, por otro su correspondencia fiel a la acción del Espíritu Santo. Ella misma lo recordará en el último mes de su vida: «yo hice: un gran sacrificio. Dios nunca niega esta primera gracia que da el valor para actuar; después, el corazón se fortalece y vamos de victoria en victoria»[14].

     Años más tarde recordando esta gracia dirá al padre Roulland: «En esta noche bendita, de la cual está escrito que ilumina las delicias del mismo Dios, Jesús que se hace niño por mi amor, se dignó sacarme de los pañales y de las imperfecciones de la infancia. Me transformó de tal suerte, que no me conocía a mí misma»[15].

    La gracia de fortaleza y de amor que recibe en esta Navidad de 1886, divide en dos su vida, hay un antes y un después. Un antes, en que ella está centrada en sí misma y en vivir una relación de amor con Jesús. Sus pequeños sacrificios y dominios de sí no tienen otro objetivo que agradar a Jesús. Ahora Él la hará participar activamente en su misión redentora.

    La Navidad de 1886, la Santísima Trinidad hace posible no solo que sea un día de luz y de gracia para Teresa, sino también para Paul Claudel que se convierte del ateísmo durante el oficio de Vísperas en Notre-Dame de París y para todos los hombres y mujeres de buena voluntad que, a través de los escritos y el testimonio de Teresa Martin, Paul Claudel, han podido contemplar las maravillas que Dios puede hacer a quien le acoge y es fiel a las mociones del Espíritu Santo.

 

2.  Maduración humana y espiritual después de la «gracia de Navidad»

 

     La gracia de Navidad se caracteriza por una sobriedad mística en cuanto a manifestaciones perceptibles por los sentidos, pero de gran eficacia liberadora.    

     Se da una transformación radical que se caracteriza por la discreción, la intensidad y por lo súbito del hecho. Escribirá el beato María Eugenio del Niño Jesús: «En un instante, la gracia de Navidad ha realizado esta maduración a la vez en el plano psíquico, psicológico y moral, maduración que requiere habitualmente diversos años»[16]. Comienza una nueva vida, un modo nuevo de concebir y de experimentar la existencia.   La gracia de Navidad actúa sobre su inteligencia: «Mi espíritu, liberado ya de los escrúpulos y de su excesiva sensibilidad, comenzó a desarrollarse […]. Me entraron unos deseos enormes de saber. […] En pocos meses adquirí más conocimientos que durante todos mis años de estudio»[17].

Leerá muchos libros, uno de ellos le hará un gran bien espiritual, este es El fin del mundo presente y misterios de la vida futura de Arminjon[18]. Su lectura le abre a Teresa de una vez para siempre un horizonte espiritual inmenso, a la inversa del universo reducido del abate Domin, con sus perspectivas extremadamente sombrías[19].

Vislumbraba ya lo que Dios tiene reservado para los que le aman […]. Y viendo que las recompensas eternas no guardaban la menor proporción con los insignificantes sacrificios de la vida, quería amar, amar apasionadamente a Jesús y darle mil muestras de amor mientras pudiese... Copié varios pasajes sobre el amor perfecto y sobre la acogida que Dios dispensará a sus elegidos cuando Él mismo sea su grande y eterna recompensa. Y repetía sin cesar las palabras de amor que habían abrasado mi corazón...[20]

     Otro de los efectos de la gracia de Navidad, será la curación de su gran amor propio, «lloraba por haber llorado»[21]. Dejará de centrarse en sí misma, o de envanecerse por su inteligencia[22]. Recibe el don de la caridad, comienza a amar verdaderamente, un amor efectivo ordenado a los demás: «Sentí, en una palabra, que entraba en mi corazón la caridad, sentí la necesidad de olvidarme de mí misma para dar gusto a los demás, ¡y desde entonces fui feliz...!»[23] A su vez, Teresa es consciente de encontrarse «en la edad más peligrosa para las jovencitas»[24]. Deseará vivamente amar y ser amada, pero su amor esponsal lo consagrará a Jesús. Sus deseos de amar a Jesús crecen intensamente.

     La gracia de Navidad es una infusión de amor de Dios en el alma de Teresa, en la cual se le conceden grandes y abundantes dones místicos, ante todo le ha sido infundida «la caridad apostólica y la fortaleza divina»[25].

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                                                                                                                                                 María del Pilar Vila 

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(Este texto pertenece a  la Tesis doctoral :  "La Santísima Trinidad en la vida y en los escritos de Santa Teresa de Lisieux"  defendida en el Teresianum 26.4.2017)

 

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Notas

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[1] Marie-Eugène de l’Enfant-jésus, ha estudiado este tema en : «La grâce de Noël 1886 chez ste. Thérèse de l’Enfant-Jésus», Carmel 2 (1959) 97-116. Otros autores han estudiado la Gracia de Navidad, entre ellos: L. Tudeau, «Noël 1986 “La grâce de sortir de l’enfance”», VT 26 (1986) 133-137; F. Girard, «La grâce de Noël 1886», VT 189 (2008) 14-25; C. Langlois, Thérèse de Lisieux. La conversión de Noël. Du récit à l’histoire, Grenoble 2011.

[2] Ms A 45v.

[3] Escribirá Teresa: «Debido a mi extremada sensibilidad, era verdaderamente insoportable. Si, por ejemplo, sucedía que hacía sufrir involuntariamente un poquito a un ser querido, en vez de sobreponerme y no llorar, lloraba como una Magdalena, lo cual aumentaba mi falta en lugar de atenuarla, y cuando comenzaba a consolarme de lo sucedido, lloraba por haber llorado. Todos los razonamientos eran inútiles, y no lograba corregirme de tan feo defecto» (Ms A 44v).

[4] Cf. A. de les Gavarres, Carisma de Teresa de Lisieux, 53.

[5] Ms A 43r.

[6] Ms A 44v.

[7] Sal 34, 7.

[8] Ms A 44v. 

[9] S. Juan de la Cruz, Romance, IX, 305-308.

[10] Ms A 44v.

[11] Ms A 45r.

[12] Ms A 45r.

[13] Cf. Ms A 45r.

[14] CA 8.8.3.

[15] Cta 201, 2r. Al P. Roulland, 1.11.1896.

[16] Marie-Eugène de L’enfant-Jesus, «La grâce de Noël 1886 chez ste Thérèse de l’Enfant-Jésus», 106

[17] Ms A 46v.

[18] Era canónigo de Chambéry y ex profesor de Sagrada Escritura. Nos dice Teresa: «Este libro se lo habían prestado a papá mis queridas carmelitas; por eso, contra mi costumbre (pues yo no leía los libros de papá), le pedí permiso para leerlo» (Ms A 47r-v).

[19] Cf. J.F. Six, Thérèse de Lisieux, son combat spirituel, sa voie, 48.

[20] Ms A 47v.

[21] Ms A 44v.

[22] Cf. Ms A 37v.

[23] Ms A 45v.

[24] Ms A 47r.

[25] A. Combes, El amor de Jesús en el alma de santa Teresita, 44.

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